Download PDFdownload

Tratado de la verdadera devoción - APROVECHAMOS LAS 7 PRÁCTICAS EXTERIORES DE ESTA DEVOCIÓN PERFECTA

Spis treści

 

APROVECHAMOS LAS  7 PRÁCTICAS  EXTERIORES DE ESTA DEVOCIÓN PERFECTA

 

[226.] Aunque lo esencial de esta devoción consiste en lo interior, no por eso carece   de    prácticas exteriores, que no conviene descuidar: "¡Esto había que practicar y aquello no dejarlo!" Ya porque las prácticas exteriores, debidamente ejercitadas, ayudan a las interiores, ya porque recuerdan al hombre acostumbrado a guiarse por los sentidos lo que ha hecho o debe hacer, ya porque son a propósito para edificar al prójimo que las ve, cosa que no hacen las prácticas puramente interiores.

Por tanto, que ningún mundano ni crítico autosuficiente nos venga a decir que la verdadera devoción está en el corazón, que hay que evitar las exterioridades, ya que pueden ocultar la vanidad; que no hay que hacer alarde de la propia devoción, etc. Yo les respondo con mi Maestro: "Alumbre también la luz de ustedes a los hombres: que vean el bien que hacen y glorifiquen al Padre del Cielo". Lo cual no significa -como advierte San Gregorio que debemos realizar nuestras buenas ac-ciones y devociones exteriores para agradar a los hombres y ganarnos sus alabanzas esto sería vanidad, sino que, a veces, las realicemos delante de los hombres con el fin de agradar a Dios y glorificarle, sin preocuparnos por los desprecios o las alabanzas de las creaturas.

Voy a proponer, en resumen, algunas prácticas exteriores, llamadas así no porque se  hagan  sin  devoción  interior, sino porque tienen  algo  externo  que  las distingue de las actitudes puramente interiores.

Preparamos y hacemos la Consagración Total

[227.] Quienes deseen abrazar esta devoción particular no erigida aún en Asociación, aunque sería mucho  de desear que lo fuera- dedicarán  como he dicho en la primera parte de esta “Preparación al Reinado de Jesucristo”doce días, por lo menos, a vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de Jesucristo, y tres semanas en llenarse de Jesucristo por medio de la Santísima Virgen. Para ello podrán seguir este orden:

[228.] Durante la primera semana  dedicarán todas sus oraciones y actos de piedad a pedir el conocimiento de sí mismos y la contrición de sus pecados, haciéndolo todo por espíritu de humildad. Podrán meditar, si quieren, lo dicho antes sobre nuestras malas inclinaciones, y no considerarse durante los seis días de esta semana más que como caracoles, babosas, sapos, cerdos, ser-pientes, machos cabríos; o meditar estos tres pen-samientos del Pseudo Bernardo: "Piensa en lo que fuiste: ´un poco de barro´; en lo que eres: ´un recipiente de estiércol´; en lo que serás: ´pasto de gusanos". Rogarán a Nuestro Señor y al Espíritu Santo que los ilumine, diciendo: "¡Señor, que vea!", o: "¡Que yo te conozca!", o también: "¡Ven, Espíritu Santo!" Y dirán todos los días las Letanías del Espíritu Santo y la oración señalada en la primera parte de esta obra. Recurrirán a la Santísima Virgen pidiéndole esta gracia, que debe ser el fundamento de las o-tras, y para ello dirán todos los días el himno "Oh Santa María, de Mares Estrella", y las Letanías de la Santísima Virgen de Loreto.

[229.] Durante la segunda semana se dedica-rán en todas sus oraciones y obras del día a cono-cer a la Santísima Virgen, pidiendo este conoci-miento al Espíritu Santo. Podrán leer y meditar lo que al respecto hemos dicho. Y rezarán con esta intención, como en la primera semana, las Letanías del Espíritu Santo y el himno "Oh Santa María, de Mares Estrella", además, el Rosarioo la cuar-ta  parte de él.

[230.] Dedicarán la tercera semana a cono-cer a Jesucristo. Para ello podrán leer y meditar lo que arriba hemos dicho y rezar la oración de San Agustínque se lee hacia el comienzo de esta segunda parte. Podrán repetir una y mil veces cada día con el mismo Santo: "¡Que yo Te conozca, Señor!", o bien: "¡Señor, vea yo quién eres Tú!"Rezarán, como en las semanas anteriores, las Letanías del Espíritu Santo y el himno "Oh  Santa  María,   de   Mares  Estrella" y añadirán   todos   los días las  Letanías del Dulce Nombre de Jesús.

[231.] Al concluir las tres semanas se confesarán y comulgarán con la intención de entregarse a Jesucristo, en calidad de esclavos de amor, por las manos de María. Y después de la Comunión -que procurarán hacer según el método que expondré más tarde- recitarán la fórmula de Consagración, que también hallarán más adelan-te. Es conveniente que la escriban o hagan escribir, si no está impresa, y la firmen ese mismo día.

[232.] Conviene también que paguen en ese día algún tributo a Jesucristo y a su Santísima Madre, ya como penitencia por su infidelidad al compromiso bautismal, ya para patentizar su total dependencia de Jesús y de María. Este tributo, naturalmente, dependerá de la devoción y capacidad de cada uno, como -por ejemplo- un ayuno, una mortificación, una limosna o un cirio. Pues, aún cuando sólo dieran, en homenaje, un alfiler, con tal que lo den de todo corazón, sería bastante para Jesús, que sólo atiende a la buena voluntad.

[233.] Al menos en cada aniversario renovarán dicha consagración, observando las mismas prác-ticas durante tres semanas. Todos los meses y aún todos los días pueden renovar su entrega con estas  pocas palabras: "Tótus túus: Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo, ¡oh mi amable Jesús!, por María, tu Madre Santísima".

Recitamos la Coronilla de las 12 Estrellas

[234.] Rezarán todos los días de su vida –aun-que sin considerarlo como obligación- la Coro-nilla de la Santísima Virgen, compuesta de tres Padrenuestros y doce Avemarías, para honrar los doce privilegios y grandezas de la Santísima Virgen. Esta práctica es muy antigua y tiene su fundamento en la Sagrada Escritura: San Juan vio una mujer coronada de doce estrellas, vestida del sol y con la luna bajo sus pies. Esta mujer -según los intér-pretes- es María.

[235.] Sería prolijo enumerar las muchas maneras que hay de rezarla bien. El Espíritu Santo se las enseñará a quienes sean más fieles a esta devoción. Para recitarla con mayor sencillez será conveniente empezar así: "Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen Santísima. Dame fuerzas contra tus enemigos". En seguida rezarás el Credo, un Padrenuestro, cuatro Avemarías y un Gloria al Padre; todo ello tres veces. Al fin dirás: "Bajo tu Amparo...”

Llevamos las cadenillas

[236.] Es muy laudable, glorioso y útil para quienes se consagran como esclavos de Jesús en María llevar, como señal de su esclavitud de amor, alguna cadenilla de hierro bendecida con una fór-mula propia que se ofrece más adelante. Estas señales exteriores no son, en verdad, esenciales, y bien pueden suprimirse aun después de haber abrazado esta devoción. Sin embargo, no puedo menos de alabar en gran manera a quienes, una vez sacudidas las cadenas vergonzosas de la esclavitud del demonio -con que el pecado original y tal vez los pecados actuales los tenían atados-, se han sometido voluntariamente a la esclavitud de Je-sucristo y se glorían, con San Pablo, de estar en-cadenados, por Jesucristo, con cadenas mil ve-ces más gloriosas y preciosas -aunque sean de hierro y sin brillo- que todos los collares de oro de los emperadores.

[237.] En otro tiempo no había nada más infa-mante que la cruz. Ahora este madero es lo más glorioso del cristianismo. Lo mismo decimos de los hierros de la esclavitud.

Nada había entre los antiguos más ignominiosos, ni lo hay entre los paganos. Pero entre los cristianos no hay nada más ilustre que estas cadenas de Jesucristo, porque ellas nos liberan y preservan de las ataduras infames del pecado y del demonio, nos ponen en libertad y nos ligan a Jesús y a María, no por violencia y a la fuerza, como a presidiarios, sino por caridad y amor, como a hijos:   “Con  correas  de  amor  los  atraía”dice el Señor por la boca de su Profeta. Estas cadenas de amor son, por consiguiente, "fuertes como la muerte" y, en cierto modo, más fuertes aún para quienes sean fieles en llevar hasta la muerte estas gloriosas señales. Efectivamente, aunque la muerte destruya el cuerpo reduciéndolo a podredumbre, no destruirá las ataduras de esta esclavitud, que siendo de hierro no se disuelven fácilmente, y quizás en la resurrección de los cuerpos, en el gran juicio del último día, estas cadenas, que todavía rodearán sus huesos, constituirán parte de su gloria y se transformarán en cadenas de luz y de triunfo. ¡Dichosos, pues, mil veces los esclavos ilustres de Jesús en María, que llevan sus cadenas hasta el sepulcro!

[238.] Estas son las razones para llevar tales cadenillas:

1° Para recordar al cristiano los votos y promesas del Bautismo, la renovación perfecta que hizo de ellos por esta devoción y la estrecha obligación que ha contraído de permanecer fiel a ellos. Dado que el hombre, acostumbrado a gobernarse más por los sentidos que por la fe pura, olvida fácilmente sus obligaciones para con Dios si no tiene algún objeto que se las recuerde, estas cadenillas sirven admirablemente al cristiano para traerle a la memoria las cadenas del pecado y de la esclavitud  del demonio -de las cuales lo libró el Bautismo, y de la servidumbre que en el santo Bautismo prometió a Jesucristo y ratificó por la renovación de sus votos. Y una de las razones que explican por qué tan pocos cristianos piensan en los votos del santo Bautismo y viven un libertinaje propio de paganos como si a nada se hubieran comprometido con Dios-, es que no llevan ninguna se-ñal exterior que les recuerde todo esto.

[239.] 2oPara mostrar que no nos avergonzamos de la esclavitud y servidumbre de Jesucristo y que renunciamos a la esclavitud funesta del mundo, del pecado y del demonio.

3o Para liberarnos y preservarnos de las ca-denas del pecado y del infierno. Porque es preciso que llevemos las cadenas de la iniquidad o las del amor y de la salvación.

[240.] ¡Hermano carísimo! Rompamos las ca-denas de los pecados y de los pecadores, del mundo y de los mundanos, del demonio y de sus secuaces. Arrojemos lejos de nosotros su yugo funesto: "¡Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo!" "Mete los pies en su cepo -para usar el lenguaje del Espíritu Santo- y ofrece el cuello a su yugo". Inclinemos nuestros hombros y tomemos a cuestas la Sabiduría, que es Jesucristo:  "Arrima  el   hombro   para cargar  con   ella  y  no  te  irrites  con   sus cadenas".

Toma nota de que el Espíritu Santo, antes de pronunciar estas palabras, prepara el alma a fin de que no rechace tan importante consejo, diciendo: "Escucha, hijo mío, mi opinión y no rechaces mi consejo".

[241.] No lleves a mal, amigo, que me una al Espíritu Santo para darte el mismo consejo: "Sus ataduras son una venda saludable". Como Jesucristo en la cruz debe "atraerlo todo hacia Él"de grado o por fuerza, atraerá a los réprobos con las cadenas de sus pecados para encadenarlos, a manera de presidiarios y demonios, a su ira eterna y a su justicia vengadora; mientrasatraerá –particularmente en estos últimos tiempos- a los predestinados con las cadenas de amor: "Tiraré de todos hacia mí". "Los atraeré con cadenas de amor".

[242.] Estos esclavos de amor de Jesucristo o "encadenados de Jesucristo"pueden llevar sus cadenas al cuello, en los brazos, en la cintura o en los pies.

El Padre Vicente Caraffa, séptimo Superior General de la Compañía de Jesús -que murió en olor de santidad, en el año 1649-, llevaba, en señal de esclavitud, un aro de  hierro  en  cada  pie, y de-cía que su dolorerano poder arrastrar públicamente la cadena.

La Madre Inés de Jesús, de quien hablamos antes, llevaba una cadena a la cintura.

Otros la han llevado al cuello, como penitencia por los collares de perlas que llevaron en el mundo, y otros, en los brazos, para acordarse, durante el trabajo manual, de que son esclavos de Jesucristo.

Celebramos especialmente el misterio de la Encarnación

[243.] Profesarán singular devoción al gran misterio de la Encarnación del Verbo, el 25 de marzo. Éste es, en efecto, el misterio propio de esta devoción, puesto que ha sido inspirada por el Espíritu Santo:

1° para honrar e imitar la dependencia inefable que Dios Hijo quiso tener respecto a María para gloria del Padre y para nuestra salvación. Dependencia que se manifiesta de modo especial en este misterio, en el que Jesucristo se halla prisionero y esclavo en el seno de la excelsa María, en donde depende de Ella en todo y para todo;

2° para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María, y especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre; elección realizada precisamente en este misterio. Estos son los fines principales de la esclavitud de Jesús en María.

[244.] Observa que digo ordinariamente: "El esclavo de Jesús en María", "La esclavitud de Jesús en María". En verdad, se puede decir, como muchos lo han hecho hasta ahora: "El esclavo de María", "La esclavitud de la Santísima Virgen". Pero creo que es preferible decir: "El esclavo de Jesús en María", como lo aconsejó el Padre Tronson, Superior General del Seminario de San Sulpicio, renombrado por su rara prudencia y su consumada piedad, a un clérigo que le consultó sobre este particular. Las razones son éstas:

[245.]   1o Vivimos en un siglo orgulloso, en el que gran número de sabios engreídos, presumidos y críticos hallan siempre algo que censurar hasta en las prácticas de piedad mejor fundadas y más sólidas. Por tanto, a fin de no darles, sin necesidad, ocasión de crítica, vale más decir: "La esclavitud de Jesucristo en María" y llamarse "esclavo de Jesucristo" que "esclavo de María", tomando el nombre de esta devoción preferiblemente de su fin último, que es Jesucristo, y no de María, que es el camino y medio para llegar a la meta. Sin embargo, se puede, en verdad, emplear una u otra expresión, como yo lo hago. Por ejemplo, un hombre que viaja de Orleáns  a  Tours,   pasando por Amboise, puede muy bien decir que va a Amboise y que viaja a Tours, con la diferencia, sin embargo, de que Amboise no es más que el camino para llegar a Tours y que Tours es la meta y término de su viaje.

[246.] 2° El principal misterio que se honra y celebra en esta devoción es el misterio de la Encarnación. En él Jesucristo se halla presente y encarnado en el seno de María. Por ello es mejor decir "La esclavitud de Jesús en María", de Jesús que reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y tan excelentes almas: "¡Oh Jesús, que vives en María!..."

[247.] 3o Esta manera de hablar manifiesta mejor la unión íntima que hay entre Jesús y María. Ellos se hallan tan íntimamente unidos, que el uno está totalmente en el otro: Jesús está todo en María, y María toda en Jesús; o mejor, no vive Ella, sino sólo Jesús en Ella. Antes separaríamos la luz del sol que a María de Jesús. De suerte que a Nuestro Señor se le puede llamar "Jesús de María", y a la Santísima Virgen, "María de Jesús".

[248.] El tiempo no me permite detenerme aquí para explicar las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la Encarnación del Verbo. Me contentaré con decir en dos palabras:

*          que éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido;

*          que en este misterio, Jesús en el seno de María -al que por ello denominan los santos "la sala de los secretos de Dios"- escogió, de acuerdo con Ella, a todos los elegidos;

*          que en este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos: "Por eso, al entrar en el mundo, dice él: Aquí estoy yo para realizar tu designio";

*          que este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último,

* que este misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios.

-Es el trono de la misericordia divina con nosotros, porque, dado que no podemos acercarnos a Jesús sino por María, no podemos ver a Jesús ni hablarle sino por medio de Ella. Ahora bien, Jesús, que siempre complace a su querida Madre, otorga siempre allí su gracia y misericordia a los pobres pecadores. "Acerquémonos, por tanto, confiada-mente al trono de la gracia".

-Es el trono de su generosidad con María, porque mientras Jesús, nuevo Adán, permaneció  en  María -su verdadero paraíso terrestre-, realizó en él ocultamente tantas maravillas, que ni los Ángeles ni los hombres alcanzan a comprenderlas; por ello, los santos llaman a María la "magnificencia de Dios", como si Dios sólo fuera magnífico en María.

-Es el trono de la gloria que Jesús tributa al Padre, porque en María aplacó Él perfectamente a su Padre, irritado contra los hombres; en Ella reparó perfectamente la gloria que el pecado le había arrebatado; en Ella, por el holocausto que ofreció de su voluntad y de sí mismo, dio al Padre más gloria que la que le habían dado todos los sacrificios de la ley antigua; y, finalmente, en Ella le dio una gloria infinita, que jamás había recibido del hombre.

Recitamos el Avemaría y el Rosario

[249.] Tendrán gran devoción a la recitación del Avemaría o Salutación Angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y neceéis-dad apenas conocen los cristianos, aun los más instruidos. Ha sido necesario que la Santísima Virgen se haya aparecido muchas veces a grandes y muy esclarecidos santos -como Santo Domingo, San Juan de Capistrano o el beato Alano de la Rupe-para manifestarles por sí misma el valor del Avemaría.   Ellos   escribieron  libros  enteros sobre las maravillas y eficacia de esta oración para convertir las almas.

Proclamaron a voces y predicaron públicamen-te que, habiendo comenzado la salvación del mun-do por el Avemaría, a esta oración está vinculada también la salvación de cada uno en particular; que esta oración hizo que la tierra seca y estéril produjese el fruto de la vida, y que, por tanto, esta oración, bien rezada, hará germinar en nuestras almas la palabra de Dios y producir el fruto de Vida, Jesucristo; que el Avemaría es un rocío celestial que riega la tierra, es decir el alma, para hacerle producir fruto en tiempo oportuno, y que un alma que no es regada por esta oración celestial no produce fruto, sino malezas y espinas, y está muy cerca de recibir la maldición.

[250.] Esto es lo que la Santísima Virgen reveló al beato Alano de la Rupe, como se lee en su libro "La Dignidad del Rosario" y luego en Cartagena: "Sabe, hijo mío, y hazlo conocer a todos, que es señal probable y próxima de condenación eterna el tener aversión, tibieza y negligencia a la recitación de la Salutación Angélica, que trajo la salvación a todo el mundo". Palabras tan consoladoras y terribles a la vez, tanto que nos resistiríamos a creerlas si no las garantizara la santidad de este santo varón y la   de   Santo   Domingo   antes   que   él,   y después, la de muchos grandes personajes, junto con la experiencia de muchos siglos. Pues siempre se ha observado que los que llevan la señal de la reprobación -como los herejes, impíos, orgullosos y mundanos- odian y desprecian el Avemaría y el Rosario.

Los herejes aprenden a rezar el Padrenuestro, pero no el Avemaría ni el Rosario. A éste lo consideran con horror. Antes llevarían consigo una serpiente que un rosario. Asimismo, los orgullosos, aunque católicos, teniendo como tienen las mismas inclinaciones que su padre Lucifer, desprecian o miran con indiferencia el Avemaría y consideran el Rosario como devoción de mujercillas, sólo bueno para ignorantes y analfabetos. Por el contrario, la experiencia enseña que quienes manifiestan gran-des señales de predestinación estiman y rezan con gusto y placer el Avemaría, y cuanto más unidos vi-ven a Dios, más aprecian esta oración. La Santísi-ma Virgen lo decía al beato Alano a continuación de las palabras antes citadas.

[251.] No sé cómo ni por qué, pero es real: no tengo mejor secreto para conocer si una persona es de Dios, que observar si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario. Digo "si gusta" porque puede suceder que una persona esté natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos, pero siempre los estima y recomienda a otros.

[252.] Recuerden, almas predestinadas, escla-vas de Jesús en María, que el Avemaría es la más hermosa de todas las oraciones después del Padrenuestro. El Avemaría es el más perfecto cumplido que pueden dirigir a María. Es, en efecto, el saludo que el Altísimo le envió, por medio de un Arcángel, para conquistar su corazón, y fue tan poderoso -dados sus secretos encantos- sobre el corazón de María, que, no obstante su profunda humildad, Ella dio su consentimiento a la Encarn-ación del Verbo. Con este saludo debidamente reci-tado, también ustedes conquistarán infaliblemente su corazón.

[253.] El Avemaría bien dicha, o sea, con atención, devoción y modestia, es -según los santos- el enemigo del diablo, a quien hace huir, y el martillo que lo aplasta. Es la santificación del alma, la alegría de los Ángeles, la melodía de los predestinados, el cántico del Nuevo Testamento, el gozo de la Santísima Virgen y la gloria de la Santísima Trinidad.

El Avemaría es un rocío celestial que hace fecunda al alma, es un casto y amoroso beso que damos a María, es una rosa encarnada que le pre-sentamos, es una perla preciosa que le ofrecemos, es una copa de ambrosía   y  néctar  divino   que   le   damos.

Todas   estas   comparaciones   son   de   los santos.

[254.] Les ruego, pues, con insistencia y por el amor que les profeso en Jesús y María, que no se contenten con rezar la Coronilla de la Santísima Virgen. Recen también el Rosario, y, si tienen tiempo, los veinte655 e misterios todos los días. A la hora de la muerte bendecirán el día y la hora en que aceptaron mi consejo. Y después de haber sem-brado en las bendiciones de Jesús y de María, cosecharán las bendiciones eternas.

Recitamos el Magníficat

[255.] Recitarán frecuentemente el Magníficat -a ejemplo de la beata María d'Oignies y de muchos otros santos- para agradecer a Dios las gracias que otorgó a la Santísima Virgen. El Magníficat es el único cántico compuesto por la Santísima Virgen, o mejor, en Ella por Jesucristo, que hablaba por boca de María. Es el mayor sacrificio de alabanza que Dios ha recibido en la ley de la gracia. Es el más humilde y reconocido, y a la vez el más sublime y elevado de todos los cánticos. En él hay misterios tan grandes y ocultos, que los Ángeles los ignoran.

Gersón -tan piadoso como sabio-, después de haber empleado gran parte de su vida en componer tratados tan llenos de erudición y piedad sobre materias tan difíciles, no pudo menos de temblar al emprender, hacia el final de su vida, la explicación del Magníficat, a fin de coronar con ésta todas sus obras. En un volumen infolio, nos refiere muchas y admirables cosas de este hermoso y divino cántico. Entre otras, afirma que la Santísima Virgen lo rezaba con frecuencia, y particularmente en acción de gracias después de la sagrada Comu-nión.

El sabio Benzonio, al explicar el Magníficat, refiere muchos milagros obrados por su virtud, y dice que los diablos tiemblan y huyen cuando oyen estas palabras del Magníficat: "Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón".

Menospreciamos el mundo

[256.] Los fieles servidores de María deben poner gran empeño en menospreciar, aborrecer y huir de la corrupción del mundo, y servirse de las prácticas de menosprecio de lo mundano que he-mos indicado en la primera parte.